La comarca del Barbanza guarda uno de los tesoros arqueológicos más singulares de Galicia, un lugar donde la historia milenaria y la fuerza del paisaje se dan la mano de manera mágica. Hablamos de los petroglifos de Mogor, un conjunto de grabados rupestres que se asoman, como si de un mirador natural se tratara, sobre las aguas brillantes de la ría de Arousa. Lejos del bullicio turístico de otras rutas, este rincón de Marín (Pontevedra) ofrece una experiencia íntima: caminar entre senderos pedregosos, descubrir las marcas que dejaron nuestros antepasados hace más de cuatro mil años y, de repente, alzar la vista para encontrarte con un horizonte infinito de azul. Es una ruta que no solo conecta con el arte prehistórico, sino con la esencia más pura del litoral gallego.
Un paseo por la galería de piedra al aire libre
La ruta de los petroglifos de Mogor no es una simple excursión, es un viaje en el tiempo. El conjunto, declarado Monumento Histórico-Artístico, está compuesto por varios grupos de grabados distribuidos a lo largo de una ladera que desciende hacia el mar. A medida que avanzas por el camino, la vegetación autóctona va cediendo paso a grandes rocas de granito donde los antiguos pobladores de estas tierras tallaron sus visiones del mundo. Lo más impactante es la coherencia del paisaje: las mismas vistas que hoy disfrutamos nosotros fueron el escenario diario de aquellas comunidades de la Edad del Bronce.
Los planes imprescindibles en la ruta
El Grupo I: La gran decepción convertida en maravilla
Curiosamente, el primer grupo de petroglifos que te encontrarás es conocido popularmente como «O Lugar da Decepción». El nombre viene de que, al aproximarte, la roca parece lisa y carente de grabados. Sin embargo, cuando el sol incide en ella con el ángulo adecuado —especialmente al amanecer o al atardecer—, los diseños emergen con sorprendente claridad. Aquí puedes observar combinaciones de cazoletas (huecos circulares) y líneas que se entrelazan, un recordatorio de que en el arte rupestre gallego la luz es tan importante como la piedra.
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Continuando el descenso, llegamos a las zonas más ricas y espectaculares. El Grupo II destaca por sus profundos surcos y la presencia de motivos en espiral, muy comunes en la arqueología atlántica. Pero la auténtica joya de la corona es la Laxe dos Carballos (Grupo III). Es la roca más extensa y famosa de Mogor. En su superficie se dibuja un laberinto circular casi perfecto, acompañado de cazoletas, figuras de ciervos y armas como alabardas. Los arqueólogos debaten si estos laberintos eran mapas simbólicos, rituales de iniciación o representaciones del viaje del alma. Delante de ti, la ría de Arousa brinda el marco visual, haciendo que el contraste entre la piedra gris y el mar azul sea inolvidable.
El Grupo IV: El mirador secreto
El último grupo requiere un poco más de atención para localizarlo, pero el esfuerzo vale la pena. Se encuentra en una posición más elevada, actuando como un auténtico balcón natural. Desde aquí, las vistas abarcan desde la isla de Arousa hasta las penínsulas circundantes. Es el lugar perfecto para sentarte sobre la misma roca que habitaron los ancestros, escuchar el murmullo del viento y tratar de imaginar cómo sería la vida en estas costas hace cuatro milenios, cuando el nivel del mar era ligeramente distinto y las embarcaciones primitivas surcaban las aguas.
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Para aprovechar al máximo la jornada, una vez concluida la visita a los petroglifos, te recomendamos acercarte a la cercana ruta de los molinos de Marín. A apenas unos kilómetros, este paseo fluvial te lleva por antiguos batanes y molinos hidráulicos rodeados de un bosque de ribera frondoso. Es el contraste perfecto: tras la inmensidad del mar y la aridez de la piedra, el frescor del agua dulce y la sombra de los castaños y robles.
Datos prácticos para la visita
- Ubicación: La ruta se encuentra en la parroquia de Mogor, en el concejo de Marín, provincia de Pontevedra. El acceso principal se realiza desde la carretera que une Marín con Xinzo (PO-551). Hay un pequeño aparcamiento habilitado y un panel informativo que da inicio al recorrido.
- Distancia y dificultad: El recorrido principal para ver los cuatro grupos de petroglifos tiene una longitud de unos 1,5 kilómetros (ida y vuelta). Es una ruta de dificultad baja, aunque el terreno es irregular, con piedras sueltas y raíces, por lo que se recomienda usar calzado adecuado (botas o zapatillas de trekking). No es apta para carritos de bebé.
- Horarios y visitas: Al ser un espacio al aire libre integrado en el monte, no hay un horario de cierre estricto. Sin embargo, la visita es totalmente gratuita y se realiza de forma autoguiada.
- Señalización: El camino está señalizado con hitos de madera y paneles explicativos en cada grupo de petroglifos que te ayudarán a interpretar los grabados.
Consejos para disfrutar al máximo
El mayor enemigo de los petroglifos no es el paso del tiempo, sino la acción humana. Por favor, no toques los grabados, no eches agua ni ningún tipo de líquido para resaltarlos (como desgraciadamente se ve a veces en redes sociales), y evita pisar directamente sobre las rocas talladas. La erosión puede borrar en pocos años lo que ha sobrevivido miles de ellos.
Como mencionamos antes, la luz es tu mejor aliada. Lleva siempre contigo una linterna frontal o la de tu móvil. Incluso en días soleados, pasar la luz de forma rasante sobre la piedra te permitirá descubrir detalles que a simple vista pasan totalmente inadvertidos. Además, si te apasiona la fotografía, una hora después del amanecer o dos antes del atardecer te ofrecerán unas texturas y sombras inigualables en la roca.
Recuerda que estás caminando por un ecosistema de matorral y bosque atlántico. En primavera y verano, es vital llevar repelente de mosquitos y protegerse del sol, ya que gran parte del recorrido carece de arbolado alto. Lleva siempre agua, aunque la ruta sea corta, ya que el esfuerzo visual y la caminata sobre piedras pueden ser cansados.
La mejor época para hacer la ruta
Galicia luce en cualquier estación, pero para la ruta de Mogor hay momentos estelares. La primavera (de marzo a junio) es ideal porque el campo está rebosante de color, el clima es suave para caminar y la luz es nítida, lo que favorece la observación de los surcos en la piedra. El otoño (de septiembre a noviembre) es, para muchos, la mejor opción. Los tonos ocres y marrones del monte se funden con el gris del granito, el ambiente se llena de esa mística gallega tan característica, y las nubes bajas juegan con las vistas de la ría creando paisajes cambiantes y dramáticos.
El verano es la época más concurrida, especialmente los fines de semana. Si visitas Mogor en julio o agosto, te recomendamos ir a primera hora de la mañana, sobre las 9:00, no solo para evitar el calor y encontrar aparcamiento, sino para tener el privilegio de disfrutar del laberinto de la Laxe dos Carballos en absoluta soledad. En invierno, la ruta sigue siendo accesible, pero debes extremar la precaución con las piedras resbaladizas por la humedad o las posibles heladas nocturnas.
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